martes, 15 de mayo de 2018

Heidelberg

Desde que confirmé mi asistencia a la boda, tuve en mente que el domingo lo aprovecharía para visitar Heidelberg. Y así lo hice.

A pesar de la desvelada, el check-out del hostal era a las 10am. Sin llorar. Por el lado positivo, tan pronto entregué mi llave en recepción, caminé a la estación de trenes y tomé el siguiente a Heidelberg, a tan solo 15 minutos de distancia.

Como compré un ticket por zonas (y dura 90 minutos), aproveché para tomar el autobús 33 que te lleva hasta el funicular que sube al castillo. El ticket para subir y bajar con el funicular y entrar al interior del castillo cuesta 7 euros. No está mal el precio pero estaba larga la fila y preferí subir por las escaleras (300 escalones), lo cual estuvo mucho mejor porque además aprecié las bonitas casas del vecindario.




En realidad el castillo está en ruinas desde 1764. Si leen un poco sobre su historia (https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_Heidelberg, aunque está más completo en inglés), pensarán que está salado. Empezó como una pequeña fortaleza a finales del siglo XIII y fue expandido conforme pasaron los años, hasta que le pegó un rayo en 1537. Por supuesto fue reconstruido. Luego, durante el siglo XVII fue atacado por ambos bandos durante la guerra de los Treinta Años, mientras que los franceses lo incendiaron y destruyeron 2 veces durante la guerra de los Nueve Años, al final del mismo siglo. A mediados del siglo XVIII lo renovaron pero justo el día antes de que lo volvieran a ocupar, dos rayos le pegaron y causaron un incendio que terminó por devastarlo. Fue considerado una señal divina.






Por fortuna, la entrada es libre para todo el exterior y los jardines, los cuales son muy, muy amplios y con muy bonitas vistas hacia el río y la ciudad. Fácil pasé unas 2 horas tomando fotos y caminando tranquilamente.





 Bajé por el camino que lleva a Karlstor para apreciar la puerta, pero estaba tapada con andamios. Crucé el puente de la esclusa para pasear por la orilla contraria del río Neckar y obtener otra vista de la ciudad.






Crucé de regreso por el puente viejo y entré al centro de la ciudad. Tenía mucha hambre y poco presupuesto, por lo que terminé comiendo un dönner teller. Siempre puedes confiar en los turcos por la triple B.

Tras reponer energías (el día estaba muy soleado y caluroso), visité la iglesia del Espíritu Santo (Heiliggeist), en la plaza central. Como curiosidad, la iglesia estuvo dividida por una pared durante más de 200 años, culpa de las disputas entre católicos y protestantes.



Caminé de regreso al puente y esperé junto a esta curiosa estatua a que llegara el guia del free walking tour.


No es de los mejores guías que haya tenido, pero estuvo bien para tener un overview de la ciudad y sí nos enseñó algunas curiosidades, como la preciosa iglesia jesuita y la biblioteca de la Uni, de estilo Art Noveau.






Cansada de estar horas caminando, me senté en una banca junto al río y aprecié como los locales también disfrutaban el domingo soleado.



Sin embargo, el viaje para mi llegaba a su fin y me eché más de media hora caminando hasta la estación de trenes para tomar el autobús de regreso a Núremberg, después de un fin de semana lleno de aventuras.

martes, 1 de mayo de 2018

Mannheim

A pesar de llevar casi 3 años en Alemania, jamás se me había ocurrido visitar Mannheim. La ocasión surgió porque fui invitada a una boda el sábado pasado.

Originalmente pensaba viajar el viernes por la tarde para llegar de noche, directo al hostal a dormir. Sin embargo, otra invitada a la boda me contactó para invitarme a viajar con ella el viernes por la mañana, para así turistear un poco por la ciudad.

Por culpa de trabajos de construcción en la carretera llegamos con una hora de retraso a nuestro destino y lo primero que hicimos al bajar del autobús fue buscar dónde comer. Tras saciar nuestra hambre caminamos al hostal, que se encontraba junto al río Rin. La ubicación no podía estar mejor, ya que toda esa parte de la orilla del río es como un parque larguísimo.



Tras hacer check-in y dejar nuestras mochilas en la habitación, caminamos por la orilla del río hacia el centro de la ciudad, entrando por la parte de atrás del palacio barroco.



Construido durante la primera mitad del siglo XVIII, es el 2o palacio barroco más grande de Europa después de Versalles (y tiene una ventana más que ése). Actualmente una parte del edificio es museo y el resto alberga parte de la Universidad de Mannheim. ¿A poco no estaría interesante estudiar ahí?

Si uno ve el centro de la ciudad en un mapa, resultará curioso ver cómo el centro está perfectamente cuadriculado. Aunque el asentamiento ya existía, la ciudad fue planeada con ese trazo y fundada en 1606. Tiene la peculiaridad que sus calles no tienen nombres, mas bien sus cuadras están ordenadas por letras y números.



Como nos tocó un día soleado, caminamos hacia otra referencia de la ciudad, la torre de agua o Wasserturm. Nos sorprendió mucho ver que estaba rodeada por unos preciosos jardines y aprovechamos para tirarnos a tomar el sol.




La ciudad también es cuna de Carl Benz, el inventor del automóvil y hay un pequeño monumento dedicado a él detrás del parque.


 


Tras reponer pilas, atravesamos toda la ciudad hasta el río Neckar, que pasa por el norte de la ciudad. Igualmente toda la orilla está acondicionada como parque y nos volvimos a echar como iguanas al sol.



Al caer la tarde emprendimos el regreso al hostal, pasando primero por algo para cenar, y alistarnos para el bodorrio al día siguiente.