(Para que sigan el recorrido, recomiendo abran este mapa del sitio: http://www.inguat.gob.gt/images/mapas-guatemala/Parque-Nacional-Tikal.jpg)
Pasamos junto a una gran ceiba, donde nos checaron los boletos de ingreso, y caminamos hacia la plaza del Este, merodeando entre las estructuras.
De ahí nos dirigimos a la gran plaza. Llama la atención que en el centro hay un espacio para una hoguera. Resulta los sacerdotes mayas, o Aj Qij, tienen permiso para hacer ceremonias en ciertas áreas designadas, aunque no nos tocó ver alguna llevándose a cabo. Por supuesto, dominan los templos I y II, posicionados uno frente al otro. Por mucho tiempo tuve la foto del templo I como protector de pantalla en mi celular.
Las calzadas (o sacbeob, en maya) que unen las diferentes partes del sitio están nombrados tras exploradores que han trabajado en la zona. Caminando por la calzada Tozzer rumbo al templo IV, nos topamos con una simpática familia de coatíes. Uno de los cuidadores nos contó que están muy acostumbrados a los turistas y buscan restos de comida para alimentarse.
También conocido como templo de la serpiente bicéfala, el templo IV es el más alto de Tikal con 70 m de altura. Gran parte de la estructura sigue cubierta por árboles; solo sobresalen el templo en la cúspide y la crestería.
| Cuando fui estaban restaurando las escaleras del frente |
Lo mejor es que te permiten subir y desde ahí observar una de las mejores vistas de Tikal y la selva del Petén.
Si se les hace familiar el panorama, es porque eligieron Tikal para representar a Yavin 4 en Star Wars (o episodio IV). Yo no me acordaba pero muchos amigos me hicieron el comentario tras subir la foto a Facebook.
Al bajar, pasamos por el complejo N, atravesamos el "mundo perdido" y dimos con la plaza de los 7 templos.
| Uno de los templos en la plaza |
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| Fotomontaje de la plaza de los 7 templos |
Seguimos adelante entre otras estructuras hasta llegar al templo V, el segundo más alto de Tikal con una altura de 57 metros.
Unos 15 minutos de caminata nos llevaron al grupo G, con estructuras de tipo palacio.
Repentinamente escuchamos unos rugidos de entre los árboles. Madre mía. ¿Jaguares? El grupo G se encuentra retirado del resto de las plazas, a la orilla de la selva. ¿Será que llegan hasta acá? Un chico local vio nuestras caras de susto y nos dio la explicación: son monos aulladores. No logramos verlos entre los árboles tupidos pero con sus aullidos tuvimos. Tampoco se me ocurrió grabarlos, así que agregué un video de YouTube para que se den una idea.
Tras 20 minutos más de caminata por la calzada Méndez llegamos al templo VI, o de las inscripciones, llamado así por los jeroglíficos que se encontraron en la crestería (los arqueólogos los quitaron para resguardarlos).
Pasadas las 4pm dejamos de explorar. Quién sabe cuántos kilómetros llevábamos recorridos. Aún así, nos faltaron complejos más pequeños, como el de la zona norte. Sin más distracciones emprendimos el regreso, ya que era media hora de caminata hasta el estacionamiento a la entrada de la zona arqueológica. Cuando llegamos, poco antes de las 5pm, casi nos da el soponcio, ya que no lográbamos encontrar nuestro transporte en el mar de camionetas turísticas. Por fin dimos con él y esperamos a que llegara el resto de nuestro grupo. Con todos a bordo, regresamos a Flores.
Tan pronto llegamos a la ciudad, me lancé al mismo restaurante que había ido para el desayuno. Tenía un hambre de mil perros. Durante las 6 horas que estuve en Tikal solo comí una manzana y un pan dulce que traía conmigo desde Palenque (recuerden que no tenía efectivo). Pedí una buena cena y comida extra para llevar, previendo el viaje al día siguiente.
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| Atardecer en el lago Petén Itzá |
De vuelta en mi habitación en el hostal, tenía un nuevo compañero de cuarto. Se trataba de un chico canadiense de padres latinos, que se encontraba recorriendo el continente de norte a sur. Para ganar dinero, había pasado los últimos 2 meses trabajando en la construcción de un hotel en la costa de Belice.
Tras platicar largo rato, comentó que estaba lleno de fibra de vidrio y le urgía darse un buen regaderazo. Le avisé que sería incómodo bañarse puesto que la regadera no tenía cabeza; era solo un tubo del cual salía un chorro de agua. Me respondió que, tras pasar 8 semanas en una isla sin agua corriente, el simple hecho de tener una regadera era un lujo para él. Las lecciones que uno aprende.
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